Domingo de Ramos

JESUS ANTE SU MUERTE

Jesús barruntaba la posibilidad de una muerte violenta. Era evidente la reacción que su actuación y su mensaje estaban provocando en los sectores más significativos del judaísmo. Pero él no cambia su manera de hablar y actuar. Se mantiene fiel a sus convicciones.

Si queremos saber cómo vivió Jesús su muerte, podemos estar seguros que la vivió con dos actitudes que tuvo toda su vida y que dan sentido a este momento final: toda su vida había sido «desvivirse» por anunciar y hacer realidad el proyecto de Dios; toda su vida fue un servicio a los más débiles y necesitados. Su muerte es expresión consecuente de su fidelidad al Padre y su solidaridad con los hombres.

Jesús se ha enfrentado a su propia muerte confiando totalmente en el Padre, convencido de que su ejecución no podrá impedir la llegada del reino de Dios, a pesar de todas las injusticias que podamos cometer los hombres. Cuando todo fracasa y hasta Dios parece abandonarlo, Jesús grita con fe: «Padre, en tus manos pongo mi vida».

Toda su vida había sido defender a los pobres frente a la inhumanidad de los ricos, solidarizarse con los débiles frente a los intereses egoístas de los poderosos, anunciar el perdón a los pecadores frente a la dureza inconmovible de los «justos». Ahora sufre la muerte de un pobre, de un abandonado que nada puede, ante el poder de los que dominan la tierra. Su muerte es el último y supremo servicio que puede prestar a una humanidad abandonada a su propia injusticia.

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